Carlos era un niño distinto. Con nueve años no le interesaba el fútbol, los videojuegos o parecerse a Fernando Alonso. Desde pequeño sólo se interesaba por los aviones, jugaba con aviones, construía aviones, veía películas de aviones... Su sueño era llegar a ser piloto y pasarse la vida volando de un lugar a otro, conociendo países, culturas y rutas aéreas.
Sus padres estaban un poco preocupados, en varias ocasiones intentaron hacer que le interesasen otras aficiones, incluso le castigaban, al ver impotentes, como cada vez que ponían en sus manos unos Lego y le quitaban los aviones, dejaba de lado las piezas, extendía los brazos y se ponía a correr por toda la casa imitando con la boca el sonido de un motor. Cuando eso sucedía, se prometía a si mismo que nunca los llevaría a ningún lado en su avión por privarle de su pasión. Y así fue, un día se fueron al Carrefour a comprar y como siempre, montaron a Carlos en el carrito, se despistaron un momento comparando los precios de los yogures y cuando quisieron darse cuenta, Carlos ya volaba velozmente hacia las puertas, atravesando los paneles antirrobo y haciendo saltar la alarma porque se había llevado un gorro, unas gafas y un coctel de frutos secos.
No volvieron a verlo hasta años después. Un domingo por la mañana, sus padres estaban tomando el sol en la terraza y vieron un carrito que se acercaba volando y un chaval montado en el que les tiraba una caja en un pequeño paracaídas con ranitas dibujadas y se iba otra vez surcando el cielo.
Abrieron la caja y en ella encontraron postales de todos los países del mundo firmadas con una C. Ante el shock provocado por la situación, el padre de Carlos sufrió un ataque de nervios que le provocaba terribles convulsiones en el codo, que actualmente le tiene sedado y su madre no habla con nadie y no para de hacer macramé. Carlos es un niño libre, la última vez que se le ha visto fue en parís, se le había enganchado la bufanda a la Torre Eifel.


Viajar es salir de casa. Por cualquier medio, incluida la imaginación.