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La Coctelera

Tirolesa presents:

Categoría: Historias para no dormir

26 Enero 2006

Cosas 2

Los taxis nunca respetan un paso de peatones a no ser que lleven a alguien. Pero yo nunca digo que me han dado mal el cambio en un bar, en la tienda de ultramarinos o en un taxi a no ser que me den de menos. Cada loco con su tema y barriendo para casa.
Dinero, dinero, queremos dinero. Rascarnos la barriga y que nos den dinero. Vestir de "verde dolar" nuestra vida y que nadie se meta con nosotros. Que nos den todo hecho y con una sonrisa en la cara. Descargar la mala hostia con alguien y que no nos lo reproche. Y ¿para ganarnos el cielo? "Apadrine usted al negrito del África tropical, que no puede ir al colegio porque cultivando canta durante 14 horas diarias la canción del Colacao que nos bebemos para desayunar y ser unos campeones cabrones" haga una buena obra para ser la envidia de sus vecinos y así no sentirá remordimientos al comprarse una nueva furgoneta ranchera cuando ya tiene un Volvo y una BH azul oxidada en el garaje. Luego le dará un ataque al corazón por no mover el culo en toda su vida y será el pobrecito que vivió por los demás y no hizo mal a nadie... ¡Señora! que la engañaba con su secretaria en la multinacional que heredará el putero de su hijo.

Fin.

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30 Noviembre 2005

El niño que dio la vuelta al mundo sentado en un carrito de la compra

Carlos era un niño distinto. Con nueve años no le interesaba el fútbol, los videojuegos o parecerse a Fernando Alonso. Desde pequeño sólo se interesaba por los aviones, jugaba con aviones, construía aviones, veía películas de aviones... Su sueño era llegar a ser piloto y pasarse la vida volando de un lugar a otro, conociendo países, culturas y rutas aéreas.
Sus padres estaban un poco preocupados, en varias ocasiones intentaron hacer que le interesasen otras aficiones, incluso le castigaban, al ver impotentes, como cada vez que ponían en sus manos unos Lego y le quitaban los aviones, dejaba de lado las piezas, extendía los brazos y se ponía a correr por toda la casa imitando con la boca el sonido de un motor. Cuando eso sucedía, se prometía a si mismo que nunca los llevaría a ningún lado en su avión por privarle de su pasión. Y así fue, un día se fueron al Carrefour a comprar y como siempre, montaron a Carlos en el carrito, se despistaron un momento comparando los precios de los yogures y cuando quisieron darse cuenta, Carlos ya volaba velozmente hacia las puertas, atravesando los paneles antirrobo y haciendo saltar la alarma porque se había llevado un gorro, unas gafas y un coctel de frutos secos.

No volvieron a verlo hasta años después. Un domingo por la mañana, sus padres estaban tomando el sol en la terraza y vieron un carrito que se acercaba volando y un chaval montado en el que les tiraba una caja en un pequeño paracaídas con ranitas dibujadas y se iba otra vez surcando el cielo.
Abrieron la caja y en ella encontraron postales de todos los países del mundo firmadas con una C. Ante el shock provocado por la situación, el padre de Carlos sufrió un ataque de nervios que le provocaba terribles convulsiones en el codo, que actualmente le tiene sedado y su madre no habla con nadie y no para de hacer macramé. Carlos es un niño libre, la última vez que se le ha visto fue en parís, se le había enganchado la bufanda a la Torre Eifel.

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Escritora frustrada, amante incondicional de la música, cambiante, soñadora, perdida, encontrada y encauzada. Disfruto del silencio y de las conversaciones de cerveza. Me dedicaría a viajar, en su defecto, estudio sin rumbo.

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